sábado 4 de julio de 2009

Haïta, el pastor.


A pesar de los años y la experiencia, Haíta conservaba las ilusiones de la juventud. Sus pensamientos eran puros y amables porque su vida era sencilla y en su alma no cabía la ambición. Se levantaba al amanecer e iba a rezar al santuario de Hastur, el dios de los pastores, que lo escuchaba complacido. Después de cumplir este rito piadoso, Haíta abría la puerta del corral y con el corazón alegre sacaba a pacer a su rebaño, mientras comía una ración de queso y de torta de avena, deteniéndose, a veces, para recoger algunas fresas húmedas de rocío, o para abrevar su sed en el agua de los manantiales que bajaban de las colinas, engrosaban el arroyo que atravesaba el valle e iban a perderse quién sabe dónde.
Durante el largo día de verano, mientras sus ovejas arrancaban el buen pasto que los dioses hicieron crecer para ellas, o yacían con las patas delanteras debajo del pecho, rumiando indolentemente, Haíta, recostado a la sombra de un árbol o sentado en una roca, tocaba en su flauta de cañas una música tan dulce que en ocasiones vislumbraba con el rabillo del ojo a las deidades menores del bosque que se incorporaban de entre los matorrales para oírlo, y se desvanecían en cuanto quería volverse para mirarlas. De esto -porque acaso pensaba si no llegaría a convertirse en una de sus propias ovejas- dedujo solemnemente que la felicidad viene cuando no se la busca, pero que jamás la vemos si andamos tras ella. Porque después de Hastur, que nunca le concedió la merced de mostrarse a sus ojos, lo que Haíta más valoraba era el amistoso interés de sus vecinos, los tímidos inmortales del bosque y del arroyo. Al anochecer, llevaba de vuelta su rebaño al corral, se aseguraba de que la tranquera estuviese bien cerrada y se retiraba a su gruta para descansar y soñar.
Así pasaba los días de su vida, todos iguales, salvo cuando las tormentas expresaban la cólera de un dios ofendido. Entonces Haíta, refugiado en su gruta, cubriéndose la cara con las manos, imploraba que sólo a él lo castigaran por sus pecados y que el mundo se librara de ser destruido. A veces, cuando llovía a cántaros y el arroyo se desbordaba, obligándolo a llevar precipitadamente a su aterrorizado rebaño a las tierras altas, intercedía por los hombres que, según le dijeron, vivían en la llanura, más allá de las dos colinas azules que formaban el pórtico de su valle.
-Oh Hastur -así rogaba-, eres bueno por haberme dado montañas tan próximas a mi vivienda y a mi corral para que yo y mis ovejas podamos escapar de los enojados torrentes. Pero debes eximir al resto del mundo de alguna manera que yo ignoro. Si no fuera así, Hastur, no podría reverenciarte más.
Y Hastur, sabiendo que Haíta era un joven de palabra, perdonaba a las ciudades y desviaba las aguas hacia el mar.
Así había vivido siempre. Nunca pudo concebir otro modo de existencia. El santo ermitaño que moraba a la entrada del valle, a una hora de distancia, y a quien oyó hablar de las grandes ciudades donde habitan los hombres -¡pobres almas!- que no tienen ovejas, no supo darle razón de aquellos tiempos lejanos durante los cuales él mismo, según infería, debió de ser pequeño e indefenso como una oveja.
Fue al pensar en esos misterios y maravillas, y en ese horrible transformarse en silencio y corrupción que alguna vez, estaba seguro, habría de ocurrirle, como vio ocurrirle a tantas de sus ovejas, como ocurría a todos los seres vivientes excepto a los pájaros, cuando Haíta por primera vez tuvo conciencia de la desdicha de su suerte.
-No puedo ignorar -dijo- cómo y de dónde he venido. Para cumplir con mis deberes necesito saber las razones por las cuales me fueron encomendados. ¿Y qué alegría pueden darme si no sé cuánto habrá de durar? Quizá antes de que vuelva a nacer el sol, habré sido transformado, y entonces ¿qué será de mis ovejas? ¿Y qué será de mí?
Meditando en ello, Haíta se volvió melancólico y adusto. Ya no hablaba alegremente a su rebaño, ni acudía con presteza al santuario de Hastur. Ahora, en la brisa, oía el susurro de malignas deidades cuya existencia observaba por primera vez. Cada nube era el presagio de un desastre, y las tinieblas estaban llenas de horror. De su flauta de cañas no brotaban melodías, sino un triste lamento. Los espíritus del bosque y de las aguas no acudían de la espesura para oírlo; antes bien, huían a las primeras notas, como lo demostraban las hojas agitadas y los tallos doblados de las flores. Cejó en su vigilancia y perdió a muchas de sus ovejas, extraviadas por las colinas. Las que quedaban enflaquecieron y enfermaron por falta de buenos pastos, porque Haíta, en vez de buscar para ellas nuevas praderas, día tras día las conducía al mismo lugar, abstraído en sus pensamientos, obsesionado por el misterio de la vida y de la muerte, meditando en la insondable inmortalidad.
Un día, mientras daba rienda suelta a sus lúgubres reflexiones, se puso bruscamente en pie, saltó de la roca en donde estaba sentado, señaló el cielo con la mano derecha, y exclamó:
-Ya no suplicaré a los dioses que me concedan su inefable sabiduría. Tienen el deber de no hacerme daño. Yo cumpliré con el mío lo mejor que pueda, y en caso de que llegue a equivocarme, ¡que la culpa recaiga sobre sus cabezas!
De pronto, mientras así hablaba, un intenso resplandor cayó sobre él, obligándolo a levantar la cabeza. Pensó que las nubes se abrían y dejaban arder al sol. Pero no había nubes. A poca distancia de su mano, surgió una hermosa doncella. Tan hermosa era, que las flores subyugadas cerraron su pétalos y doblaron sus corolas; tan dulce era su mirada, que los picaflores acudieron como si fueran a libar en sus ojos y las abejas del bosque revolotearon en torno a sus labios. Y tal luz irradiaba, que los objetos desviaron sus sombras, arrojándolas lejos de sus pies, y esas mismas sombras fueron girando mientras ella se movía.
El pastor, en éxtasis, se arrodilló ante la doncella, en señal de adoración, y la doncella apoyó una mano en su cabeza.
-Ven -le dijo, con una voz en que resonaba la música de todas las campanillas de su rebaño-, ven, no debes adorarme porque no soy una diosa, pero si eres sincero y laborioso, viviré contigo.
Haíta se puso de pie, la tomó de la mano, tartamudeó su alegría y su gratitud, y así, las manos entrelazadas, se sonrieron en los ojos. El pastor la miraba con reverencia y arrebato. Murmuró:
-Te ruego, adorable doncella, que me digas tu nombre, y cómo y de dónde has llegado.
Al oír estas palabras, ella posó sobre sus labios un dedo amonestador y empezó a retirarse. Su hermosura sufrió un cambio visible que hizo estremecer a Haíta sin saber por qué, pues ella continuaba siendo hermosa. Una sombra gigantesca oscureció el paisaje, corriendo por el valle con la velocidad de un buitre. En la penumbra, la doncella se volvió opaca e indistinta. Su voz parecía venir de muy lejos mientras exclamaba en un tono de triste reproche:
-¡Joven ingrato y presuntuoso! ¿Deberé abandonarte en seguida? ¿Nada habrá podido refrenar tu curiosidad? ¿Por qué rompes el eterno pacto con semejante ligereza?
Indeciblemente afligido, Haíta cayó de rodillas y le imploró que se quedara. Luego, levantándose y buscándola en la creciente oscuridad, corrió dando vueltas cada vez más amplias, llamándola a gritos. Todo fue en vano. Ya no podía verla, pero oyó su voz en las tinieblas. Ésta le decía:
-No, no darás conmigo si me buscas. Vuelve a tu trabajo, pastor de poca fe, o ya nunca nos encontraremos.
Había caído la noche. Los lobos aullaban en las colinas y las ovejas aterrorizadas se agazapaban a los pies de Haíta. Obligado por la necesidad de la hora, éste olvidó su decepción, condujo su rebaño al corral, volvió al santuario, dejando que la gratitud manara de su corazón porque Hastur le había permitido salvar sus ovejas, después se retiró a su gruta y durmió.
Despertó cuando el sol ya estaba alto y brillaba en la gruta, iluminándola con su esplendor. Allí sentada junto a él, la doncella le sonreía con una sonrisa que parecía la música visible de su flauta de cañas. Él no se atrevió a despegar los labios, temiendo ofenderla como antes. No sabía qué palabras decir.
-Porque has asistido a tu rebaño -dijo ella- y no has olvidado de dar gracias a Hastur que mantuvo alejados a los lobos en la noche, aquí me tienes de nuevo. ¿Quieres que sea tu compañera?
-¿Quién no te querría para siempre? -contestó Haíta-. Oh, nunca más me dejes, hasta... hasta que el silencio y la quietud se apoderen de mí.
Haíta ignoraba la palabra muerte.
-Quisiera en verdad -prosiguió- que fueras de mi mismo sexo para que lucháramos alegremente y corriéramos carreras y nunca nos cansáramos uno del otro.
Al oír estas palabras, la doncella se puso de pie y salió de la gruta. Haíta, saltando de su lecho de fragantes hojas para alcanzarla y detenerla, pudo observar, atónito, que llovía a cántaros y que el arroyo, en medio del valle, se había salido de madre. Balaban aterrorizadas las ovejas, porque las aguas invadían el corral. Y peligraban las ciudades desconocidas de la distante llanura.
Pasaron muchos días antes que Haíta viera de nuevo a la doncella. Una tarde volvía del extremo del valle, a donde fue a llevarle leche de ovejas, torta de avena y un cesto de fresas al santo ermitaño, demasiado viejo y débil para procurarse alimento.
-¡Pobre viejo! -dijo en voz alta mientras regresaba a su morada-. Volveré mañana y lo traeré en hombros hasta mi gruta, donde podré cuidarlo. Para esto, sin duda, Hastur me ha criado durante tantos años. Para esto me ha dado salud y fuerza.
La doncella le salió al paso, envuelta en resplandecientes vestiduras, y le dijo con una sonrisa que le quitó el habla:
-De nuevo he venido a vivir contigo si ahora me quieres, porque no deseo vivir con nadie más. Tal vez ahora hayas aprendido y no me quieras distinta de lo que soy, ni pretendas saber cómo y de dónde vengo.
Haíta se arrojó a sus pies.
-Hermosa criatura -exclamó-, si te dignas aceptarlos, mi alma y mi corazón, que reverencian a Hastur, serán tuyos para siempre. Pero ¡ay! eres caprichosa e imprevisible. Antes de que amanezca, quizá te haya perdido. Prométeme, te lo ruego, que si acaso llegara a ofenderte en mi ignorancia, sabrás perdonarme y no te apartarás de mi lado.
No bien terminó de hablar, un tropel de osos bajó de las colinas, abalanzándose sobre él con rojas fauces y ardientes ojos. De nuevo desapareció la doncella, y Haíta echó a correr para salvar su vida. No se detuvo hasta llegar a la cabaña del santo ermitaño, de donde había salido. Atrancó la puerta para impedir que los osos entraran, después se arrojó al suelo y lloró.
-Hijo mío -dijo el ermitaño desde su jergón de paja que las manos de Haíta habían juntado aquella mañana-, no estás llorando por los osos. Dime qué pena te aflige, porque la vejez puede curar las heridas de la juventud con el bálsamo de la sabiduría.
Haíta se lo dijo todo: tres veces había encontrado a la radiante doncella, y tres veces la perdió. Relató minuciosamente lo que pasó entre ellos, sin omitir una palabra.
Terminó, y el santo ermitaño guardó silencio. Después de unos instantes, dijo:
-Hijo mío, he oído tu relato, y reconozco a la doncella. Yo mismo la he visto, como tantos otros. Has de saber que se llama, pues ni siquiera permite que averigües su nombre, Felicidad. Bien dijiste que era caprichosa. Impone condiciones que ningún hombre puede cumplir, y las hace pagar con su abandono. Se presenta cuando nadie la busca, y no admite preguntas. La menor curiosidad, la menor señal de duda, el menor recelo, y desaparece. ¿Por cuánto tiempo la tuviste antes de que huyera?
-Apenas un instante -confesó Haíta, enrojeciendo de vergüenza.
-¡Desgraciado joven! -dijo el santo ermitaño-. Si no fuera por tu indiscreción, la hubieses retenido un instante más.

AMBROSE BIERCE.

martes 17 de febrero de 2009

Vómito cardenalicio.


¡Qué decir! Le encantaba tragar hasta hartarse, pedir el cáliz de oro donde se supone el vino sufre la transubstanciación y vomitar dentro los restos parcialmente procesados de su exagerado almuerzo. ¡Menudo reemplazo de la sangre de Cristo!

El día que conocí a Juan "Satanás", su excelencia, un cerdo inconcebible, me cogió cuatro veces seguidas. Afortunadamente tiene la verga corta y regordeta así que, si bien me abría el hoyo del culo bastante, no era demasiado doloroso. Tenía yo sólo 8 años. Para él era yo ya muy viejo pero tenía que darme de todas formas "la consagración".

Le gustaba dibujar con el semen la cruz en la espalda de los sodomizados. Nos santificaba el lomo con su líquido bendito, decía. Con el tiempo fue adquiriendo más y más mañas, se fue haciendo insoportable. De coger y trazarnos la insignia divina pasó a utilizar los artículos sacros en sus felonías. Nosotros lo tomábamos a broma y nos burlábamos a escondidas de las extravagancias del señor Cardenal. Después de todo ni ingiriendo a diario el cuerpo de Cristo en las misas podía ya hacer que se le parara la pija.

Imposibilitado para una follada normal, derivó en la coprofilia y demás costumbres bastante grotescas. Le gustaba que nos pusiéramos sus ropajes de mayor gala, sus trajes de lujo, y que cagáramos en las mitras de mayor altura. Decía que si las lográbamos llenar, se tragaría el contenido. A tal fin, nos avisaba con tiempo, así que nos preparábamos comiendo cualquier porquería que nos provocara diarrea.

¡Excelente Eucaristía la del cardenal bebiendo de la mitra llena de mierda fluida! Pensaba que le servía de afrodisíaco pero no resultaba...al menos no la mayor parte de las veces. ¡Pero cuando se le lograba parar! ¡Pobre del que estuviera más cerca! Gruñendo lo embestía frenéticamente hasta que lo bañaba con su semen ya en estado de engrudo, rancio, fermentado y maloliente.

Cuando ya no me gustó fue cuando, habiéndose puesto asquerosamente obeso, incapacitado ya hasta para caminar, debíamos pulular a su alrededor desnudos, saltando sobre él y dándole a mamar nuestro miembro por turnos. Digo, eso no era lo malo, éramos como pequeños sátiros traviesos a su alrededor. Lo desagradable y repugnante era lo del cáliz.

Tragando todo el día, en algún momento se le tenía que llenar su inmundo abdomen. Aún así seguía metiéndose vianda tras vianda, hasta casi reventar. Entonces, cuando sentía el sabor agrio en la garganta de los jugos estomacales, pedía de súbito la copa, sagrado receptáculo, y lo llenaba rápidamente de hediondo licor.

Comenzaba entonces el festín asqueroso que llamaba "el máximo sacramento". Pasaba la copa a cada uno de nosotros y teníamos que beber un trago a la vez hasta que volviera a él. Nos sentábamos en torno a su figura inmensa y sudada y bebíamos. Para cuando retomaba el recipiente, con ya poco contenido, todos habíamos vomitado también sobre la cama y entonces él mismo consumaba el acto, tomando las últimas gotas de aquel elixir infernal.

Mandaba cerrar entonces puertas y ventanas y se quedaba dormido, totalmente exhausto, entre aquellos vapores de comunal vómito. Nosotros por fin podíamos cogernos en cadena, liberados del monstruo. ¡Cómo deseábamos eliminar el acto anterior y quedarnos sólo con lo presente, la libre fornicación! Pero no, el sapo ese tiene mucha cuerda y decidí huir un buen día, saltando la valla del recinto donde se forman los herederos de su curia.


viernes 6 de febrero de 2009

Delirio y Cataclismo







Fue la visión de este delirio

todo un desastre de locura
como si el mundo se estrellara
un cataclismo para los dos

Javier Solís



Como si ya estuviera entre tus brazos tras esa larga búsqueda que llaman vida, con el choque de besos que conmueve o desfigura los horizontes de la realidad. Las pupilas, que ya no están lejos reflejando otros rostros, fijas ahora en mí, hiriendo mi cuerpo como látigo de dulce verdugo. Desaparece el anhelo de la siembra de tus manos en mi cuerpo, tras la profanación de mis pezones ahora húmedos. La fuga de huecos, que perecen uno a uno al ser llenados por ti, que me llevan a una violenta tempestad de convulsiones que fragmentan mi pretendida unidad, arrojando torrentes de completud que desbordan las líneas limítrofes de mi ser. La voz, antes escuchada a la lejanía, ahora jadeando suspiros que rozan y acarician mi alma...



Imagen: http://www.elobservatodo.cl/tmp_images/95/noticia_4734_normal.jpg

lunes 17 de noviembre de 2008

Parafilía

Soy hocico que tuerce los labios,

al nadir de los pupilos inciertos

Como mirada al estiércol que pulsa y

teme por los inconcientes seres del abismo,

al olor mal pudiente de tus ojos

al vomito de tus manos

Te escupo cada pétalo de tu cara,

Me como tu mierda de esmeralda

Y entre fluidos de tu virginal conciencia

te violo cada instante de tu pecho

¡Manoséame Maria señora Candelaria!

Con tus carnes llenas de lascivia

Trágame semen de tu lactancia

Flagela mi cuello con tu boca

Y estrújame gemir tus sueños

Que me masturbo con tu mirada.


Soy tu himen del pecho

Que no deja pasar tus caricias

Se rompe al

Golpe del orgasmo que escupe

labios vaginales en tu ano

con la boca llena de aclamo

te pellizco los pezones

¡Sexual pectoral del escroto!

Viólame estigma del Sodomía

Bésame carnosos labios del falo

Apriétame virginia con tus ojos


¡oh Dios Márquez!

¿Por qué no seré perfecto?

¿Por qué murió sodoma?

¿Por qué falleció Gomorra?


Rojos son los pecados

Como roja es tu abdomen

Como blanco es mi anhelo

Dildo de tres cabezas pintadas con el

estigma del Hippioso ser en cruz eterno

Soy hocico que escupe tu semen

en la boca pictórica del pecado

De la sociedad asustada

por el homosexual patriarca del político

Soy el orgasmo mal contado

y el éxtasis del sexo

¡Déjame Señor Luis Tadeo!

Flagelarme con los pechos

En el confesionario negro del clítoris enfermo


Soy hocico

Tu eres el dildo

Todos son Falos.


(Dídac et dídac)


sábado 20 de septiembre de 2008

La maldición que cayó sobre Sarnath (H-P-LOV)

Existe en la tierra de Mnar un lago vasto de aguas tranquilas al que ningún río alimenta y del cual tampoco fluye río alguno. En sus orillas se alzaba, hace diez mil años, la poderosa ciudad de Sarnath, mas hoy ya no existe allí ciudad alguna.

Se dice que, en un tiempo inmemorial, cuando el mundo era joven y ni aun los hombres de Sarnath habían llegado a la tierra de Mnar, a la orilla de aquel lago se alzaba otra ciudad: la ciudad de Ib, construida en piedra gris, que era tan antigua como el propio lago y estaba habitada por seres que no resultaba agradable contemplar. Muy extraños y deformes eran tales seres, cual corresponde en verdad a seres pertenecientes a un mundo apenas esbozado, aún sólo toscamente empezado a modelar. En los cilindros de arcilla de Kadatheron está escrito que los habitantes de Ib eran, por su color, tan verdes como el lago y las nieblas que de él se elevan; que poseían abultados ojos y labios gruesos y blandos y extrañas orejas y que carecían de voz. También está escrito que procedían de la luna, de la que habían descendido una noche a bordo de una gran niebla, junto con el lago vasto de aguas tranquilas y la propia ciudad de Ib, construida en piedra gris. Cierto es, en todo caso, que adoraban un ídolo, tallado en piedra verdemar, que representaba a Bokrug, el gran saurio acuático, ante el cual celebraban danzas horribles cuando la luna gibosa mostraba su doble cuerno. Y escrito está en el papiro de Ilarnek que un día descubrieron el fuego y que desde aquel día encendieron hogueras para mayor esplendor de sus ceremoniales. Pero no hay mucho más escrito sobre estos seres, pues pertenecieron a épocas muy remotas y el hombre es joven y apenas conoce nada de quienes vivieron en los tiempos primigenios.

Al cabo de muchos milenios, de eras incontables, llegaron los hombres a la tierra de Mnar. Eran pueblos pastores, de tez oscura, que llegaron con sus ganados y construyeron Thraa, Ilarnek y Kadatheron en las riberas del tortuoso río Ai. Y ciertas tribus, más osadas que las otras, llegaron hasta las orillas del lago y construyeron Sarnath en un lugar donde la tierra estaba preñada de metales preciosos.

No lejos de Ib, la ciudad gris, colocaron estas tribus nómadas las primeras piedras de Sarnath, y grande fue su asombro a la vista de los extraños habitantes de Ib. Mas a su asombro se mezclaba el odio, pues, a su juicio, no era deseable que seres de aspecto semejante convivieran, sobre todo al anochecer, con el mundo de los hombres. Tampoco les agradaron las extrañas figuras esculpidas en los grises monolitos de Ib, pues nadie podía explicar cómo habían pervivido tales esculturas hasta la aparición del hombre, a no ser porque la tierra de Mnar era como un remanso de paz y se hallaba muy a trasmano de las demás tierras, tanto de las tierras reales como del país de los sueños.

A medida que los hombres de Sarnath iban conociendo mejor a los seres de Ib, su odio iba en aumento, y a ello no dejó de contribuir el descubrimiento de que estos seres eran débiles, y blandos sus cuerpos al contacto con piedras o flechas. Así, pues, un día, los jóvenes guerreros, los honderos y los lanceros y los arqueros marcharon sobre Ib y mataron a todos sus habitantes, arrojando sus extraños cuerpos al lago con ayuda de largas lanzas, va que prefirieron no tocarlos. Y como tampoco les agradaban los grises monolitos esculpidos de Ib, también los arrojaron al lago, aunque no sin antes maravillarse del inmenso trabajo que habría debido costar el acarreo de las piedras con que estaban construidos, ya que éstas sin duda procedían de regiones remotas, pues en la tierra de Mnar y en países adyacentes no existía piedra alguna que se pareciese a ella.

Así, pues, nada quedó de la antiquísima ciudad de Ib, excepto el ídolo, tallado en piedra verdemar, que representaba a Bokrug, el saurio acuático, el cual fue llevado a Sarnath por los jóvenes guerreros, como símbolo de su victoria sobre los arcaicos dioses y habitantes de Ib y como señal también de hegemonía sobre toda le tierra de Mnar. Mas en la noche que siguió al día en que había sido instalado en el templo, algo terrible debió suceder, pues sobre el lago se vieron luces fantásticas y, por la mañana, notaron las gentes que el ídolo no estaba en el templo y que el sumo sacerdote Taran-Ish yacía muerto, como fulminado por un terror indecible, y, antes de morir, Taran-Ish había trazado con mano insegura, sobre el altar de crisolita, el signo de MALDICION.

Después de Taran-Ish se sucedieron en Sarnath muchos sumos sacerdotes, mas nunca volvió a encontrarse el ídolo de piedra. Y pasaron muchos siglos, en el curso de los cuales Sarnath se convirtió en una ciudad extraordinariamente próspera, hasta el punto de que, excepto los sacerdotes y las viejas, todos olvidaron el signo que Taran-Ish había trazado en el altar de crisolita. Entre Sarnath y la ciudad de Ilarnek se creó una ruta de caravanas, y los metales preciosos de la tierra fueron canjeados por otros metales y por exquisitas vestiduras y por joyas y por libros y por herramientas para los orfebres y por todos los lujosos artificios de los pueblos que habitaban en las riberas del tortuoso río Ai y aun más allá. Y así creció Sarnath, poderosa y sabia y bella, y envió ejércitos invasores que sojuzgaron las ciudades vecinas; y, por fin, en el trono de Sarnath se sentaron reyes que gobernaban toda la tierra de Mnar y muchos países adyacentes.

Maravilla del mundo y orgullo de la humanidad era Sarnath la magnífica. Sus murallas eran de mármol pulido de las canteras del desierto y su altura era de trescientos codos y su anchura de setenta y cinco, de tal modo que, por el camino de ronda, podían pasar dos carretas a la vez. Su longitud era de quinientos estadios y rodeaban la ciudad excepto por la parte del lago, donde había un dique de piedra gris contra el que se estrellaban las extrañas olas que se alzaban una vez al año, durante la ceremonia que conmemoraba la destrucción de Ib. Tenía Sarnath cincuenta calles, que iban del lago a las puertas de las caravanas, y otras cincuenta más que iban en dirección perpendicular a aquéllas. De ónice estaban pavimentadas todas, excepto las que eran vía de paso para caballos, camellos y elefantes, estando éstas empedradas con losas de granito. Y las puertas de Sarnath eran tantas como calles llegaban a sus murallas, y todas eran de bronce y estaban flanqueadas por estatuas de leones y elefantes esculpidos en una piedra que hoy desconocen ya los hombres. Las casas de Sarnath eran de ladrillo vidriado y de calcedonia y todas tenían un jardín amurallado y un estanque cristalino. Con extraño arte estaban construidas, pues ninguna otra ciudad tenía casas como las suyas; y los viajeros que llegaban de Thraa y de Ilarnek y de Kadatheron se maravillaban al contemplar las cúpulas resplandecientes que las coronaban.

Pero aún más maravillosos eran los palacios y los templos y los jardines construidos por Zokkar, rey de tiempos remotos. Había muchos palacios, el último de los cuales era más grande que cualquiera de los de Thraa, Ilarnek o Kadatheron. Tan altos eran sus techos que, a veces, los visitantes imaginaban hallarse bajo la bóveda del mismo cielo; sin embargo, cuando encendían sus lámparas alimentadas con aceites de Dother, las paredes mostraban vastas pinturas que representaban reyes y ejércitos de tal esplendor que quien las contemplaba sentía asombro y pavor a la vez. Muchos eran los pilares de los palacios, todos de mármol veteado y cubiertos de bajorrelieves de insuperable belleza. Y en la mayor parte de los palacios, los suelos eran mosaicos de berilio y lapislázuli y sardónice y carbunclo y otros materiales preciosos, dispuestos con tanto arte que el visitante a veces creía caminar sobre macizos de las flores más raras. Y había asimismo fuentes que arrojaban agua perfumada en surtidores instalados con sorprendente habilidad. Mas superior a todos los demás era el palacio de los Reyes de Mnar y países adyacentes. El trono descansaba sobre dos leones de oro macizo y estaba situado tan alto que, para llegar a él, era preciso subir una escalinata de muchos peldaños. Y el trono estaba tallado en una sola pieza de marfil y ya no vive hombre que sepa explicar de dónde procedía pieza de tal tamaño. En aquel palacio había también muchas galerías y muchos anfiteatros donde leones, hombres y elefantes combatían para solaz de los reyes. A veces, los anfiteatros eran inundados con aguas traídas del lago mediante poderosos acueductos y entonces se celebraban allí justas acuáticas o combates entre nadadores y mortíferas bestias del mar.

Altivos y asombrosos eran los diecisiete templos de Sarnath, construidos en forma de torre con piedras brillantes y policromas desconocidas en otras regiones. Mil codos de altura medía el mayor de todos, donde residía el sumo sacerdote, rodeado de un boato apenas superado por el del propio rey. En la planta baja había salas tan vastas y espléndidas como las de los palacios; en ellas se agolpaban las multitudes que venían a adorar a Zo-Kalar y a Tamash y a Lobon, dioses principales de Sarnath, cuyos altares, envueltos en nubes de incienso, eran como tronos de monarcas. Las imágenes de Zo-Kalar, de Tamash y de Lobon tampoco eran como las de otros dioses, pues tal era su apariencia de vida que cualquiera habría jurado que eran los propios dioses augustos, de rostros barbados, quienes se sentaban en los tronos de marfil. Y por interminables escaleras de circonio se llegaba a la más alta cámara de la torre más alta, desde la cual los sacerdotes contemplaban, de día, la ciudad y las llanuras y el lago que se extendía a sus pies y, de noche, la luna críptica y los planetas y estrellas, llenos de significado, y sus reflejos en el lago. Allí se celebraba un rito, arcaico y muy secreto, en execración de Bokrug, el saurio acuático, y allí se conservaba el altar de crisolita con el signo de Maldición trazado por Taran-Ish.

Maravillosos asimismo eran los jardines plantados por Zokkar, rey de tiempos remotos. Se hallaban situados en el centro de Sarnath, ocupando gran extensión de terreno, y estaban rodeados por una elevada muralla. Se hallaban protegidos por una inmensa cúpula de cristal, a través de la cual brillaban el sol, la luna y los planetas cuando el tiempo era claro, y de la cual pendían imágenes refulgentes del sol, de la luna, de las estrellas y de los planetas cuando el tiempo no era claro. En verano, los jardines eran refrigerados mediante una fresca brisa perfumada producida por grandes aspas ingeniosamente concebidas, y en invierno eran caldeados mediante fuegos ocultos, de tal modo que en aquellos jardines siempre era primavera. Entre prados verdes y macizos multicolores corrían numerosos riachuelos de lecho pedregoso y brillante, cruzados por muchos puentes. Muchas eran también las cascadas que interrumpían su plácido curso y muchos los estanques, rodeados de lirios, en que sus aguas se remansaban. Sobre la superficie de arroyos y remansos se deslizaban blancos cisnes, mientras pájaros raros cantaban en armonía con la música del agua. Sus verdes orillas se elevaban formando terrazas geométricas, adornadas aquí y allá con rotondas y emparrados florecidos, con bancos y sitiales de pórfido y mármol. Y también había profusión de templetes y santuarios donde reposar o donde rezar, mas sólo a los dioses menores.

Todos los años se celebraba en Sarnath una fiesta que conmemoraba la destrucción de Ib, durante la cual abundaban vino, canciones, danzas y juegos de todas clases. Rendíanse también honores a las sombras de los que habían aniquilado a los extraños seres primordiales, y el recuerdo de tales seres y de sus dioses arcaicos se convertía en objeto de mofa por parte de danzantes y vihuelistas coronados con rosas de los jardines de Zokkar. Y los reyes contemplaban las aguas del lago y maldecían los huesos de los muertos que yacían bajo su superficie.

Grandiosa, más allá de todo cuanto pueda imaginarse, fue la fiesta con que se celebró el milenario de la destrucción de Ib. Más de un decenio llevaba hablándose de ella en la tierra de Mnar y, cuando se aproximó la fecha, llegaron a Sarnath, a tomos de caballos, camellos y elefantes, los hombres de Thraa, de Ilarnek, de Kadatheron y de todas las ciudades de Mnar y de los países que se extendían más allá de sus fronteras. Cuando llegó la noche señalada, ante las murallas de mármol se alzaban ricos pabellones de príncipes y sencillas tiendas de viajeros. En el salón de banquetes, Nargis-Hei, el monarca, se embriagaba, reclinado, con vinos antiguos procedentes del saqueo de las bodegas de Pnoth, y a su alrededor comían y bebían los nobles y afanábanse los esclavos. En aquel banquete se habían consumido manjares raros y delicados: pavos reales de las lejanas colinas de Implan, talones de camello del desierto de Bnaz, nueces y especias de Sydathria y perlas de Mtal disueltas en vinagre de Thraa. De salsas hubo número incontable, preparadas por los más sutiles cocineros de todo Mnar y gratas al paladar de los invitados más exigentes. Mas, de todas las viandas, eran las más preciadas los grandes peces del lago, de gran tamaño todos, que se servían en bandejas de oro incrustadas con rubíes y diamantes.

Mientras en el palacio, el rey y los nobles celebraban el banquete y contemplaban con impaciencia la vianda principal, que aún les aguardaba, aunque servida ya en las bandejas de oro, otros comían y festejaban en el exterior. En la torre del gran templo, los sacerdotes celebraban la fiesta con algazara y, en los pabellones plantados fuera del recinto amurallado de la ciudad, reían y cantaban los príncipes de las tierras vecinas. Y fue el sumo sacerdote Gnai-Kah el primero en observar las sombras que descendían al lago desde el doble cuerno de la luna gibosa y las infames nieblas verdes que a su encuentro se alzaban del lago, envolviendo en brumas siniestras torres y cúpulas de Sarnath, cuyo destino ya había sido señalado. Luego, los que se hallaban en las torres y fuera del recinto amurallado contemplaron extrañas luces en las aguas y vieron que Akurión, la gran roca gris que se alzaba en la orilla a gran altura sobre ellas, se hallaba ahora casi sumergida. Y el miedo cundió, rápido aunque vago, de tal modo que los príncipes de Ilarnek y de la lejana Rokol desmontaron y plegaron sus pabellones y partieron veloces, aunque apenas sin saber por qué.

Luego, próxima ya la medianoche, abriéronse de golpe todas las puertas de bronce de Sarnath y por ellas salió una multitud enloquecida que se extendió, como una ola negra, por la llanura, de tal modo que todos los visitantes, príncipes o viajeros, huyeron empavorecidos. Pues en los rostros de esta multitud se leía la locura nacida de un horror insoportable, y sus lenguas articulaban palabras tan atroces que ninguno de los que las escucharon se detuvo a comprobar sin eran verdad. Algunos hombres de mirada alucinada por el pánico gritaban a los cuatro vientos lo que habían visto a través de los ventanales del salón de banquetes del rey, donde, según decían, ya no se hallaban Nargis-Hei ni sus nobles ni sus esclavos, sino una horda de indescriptibles criaturas verdes, de ojos protuberantes, labios fláccidos y extrañas orejas y carentes de voz; y estos seres danzaban con horribles contorsiones, portando en sus zarpas bandejas de oro y pedrería de las que se elevaban llamas de un fuego desconocido. Y en su huida de la ciudad maldita de Sarnath a tomos de caballos, camellos y elefantes, los príncipes y los viajeros volvieron la mirada hacia atrás y vieron que el lago continuaba engendrando nieblas y que Akurión, la gran roca gris, estaba casi sumergida. A través de toda la tierra de Mnar y países adyacentes se extendieron los relatos de los que habían logrado huir de Sarnath y las caravanas nunca más volvieron a poner rumbo a la ciudad maldita ni codiciaron ya sus metales preciosos. Mucho tiempo transcurrió antes de que viajero alguno se encaminase a ella, y aún entonces sólo se atrevieron a ir los jóvenes valerosos y aventureros, de cabellos rubios y ojos azules, que ningún parentesco tenían con los pueblos de Mnar. Cierto que estos hombres llegaron al lago impulsados por el deseo de contemplar Sarnath, mas, aunque vieron el lago vasto de aguas tranquilas y la gran roca Akurión, que se elevaba en la orilla a gran altura sobre ellas, no les fue dado contemplar la maravilla del mundo y orgullo de la humanidad. Donde antaño se habían levantado murallas de trescientos codos y torres aún más altas ahora tan sólo se extendían riberas pantanosas y donde antaño habían vivido cincuenta millones de hombres ahora tan sólo se arrastraba el abominable reptil de agua. No quedaban ni aun las minas de metales preciosos. La MALDICION había caído sobre Sarnath.

Mas, semienterrado entre los juncos, percibieron un curioso ídolo de piedra verdemar, un ídolo antiquísimo que representaba a Bokrug, el gran saurio acuático. Este ídolo, transportado más adelante al gran templo de Ilarnek, fue adorado en toda la tierra de Mnar siempre que el doble cuerno de la luna gibosa se alzaba en el cielo.